QUINCE AÑOS DE REINADO, UN MATRIMONIO, TRES HIJOS, UNA IMAGEN, UNA MARCA, UNA EMPRESA, UN DIVORCIO Y, ¡POR FAVOR!, EL MISMO CUERPO.
NO FUERON los goles de Rubén Darío Bustos y Dayro Moreno los que hicieron que la selección Argentina cayera el mes pasado frente a la selección de Colombia en Bogotá. No, señor. La verdadera y única culpable de que los argentinos perdieran la concentración, la capacidad de marca y, en especial,
la férrea línea de cuatro que hoy los caracteriza, fue Paula Andrea Betancur.
La historia es la siguiente: la ex Señorita Amazonas, ex Señorita Colombia y ex Virreina del Universo, coincidió con las estrellas del fútbol argentino en el mismo hotel en el que se hospedaban cuando se alistaban para el partido frente a Colombia en Bogotá. Dice el personal del Radisson que a los desafortunados jugadores gauchos les tocó topársela en el lobby, en el restaurante, en los corredores, en el ascensor y, lo que fue defi nitivo para esa causa nacional llamada Sudáfrica 2010, en ciertas zonas húmedas del edifi cio. Y por más
de que el técnico Jorge Luis Pinto insista en que estudió muy bien al enemigo, ahí fue, en esos furtivos acercamientos de cinco estrellas, donde Argentina perdió el juego. El resultado, bueno, ya todos lo sabemos: 2-1. Muchas gracias Paula.
Porque no es un secreto. Paula Andrea Betancur sigue siendo una mujer prodigiosa. Sus medidas, tanto para arriba como para el frente, para los lados, para atrás y para abajo, siguen siendo las mismas de aquella inocente jovenzuela que en 1992, en nombre de la razas amazónicas ticuna y huitota –de las que escasamente tiene los pómulos sobresalientes–, descrestó al país de las reinas con su cuerpo inusual, con sus ojos titilantes y con sus senos recién operados,
tal cual como corresponde en esta voluptuosa Colombia de fantasía.
Por entonces, entre los periodistas, circulaba un chiste más bien tonto y por tonto, en buena parte la defi nía:
—¿Es cierto que Paula Andrea Betancur usa calzones interplanetarios?
—pregunta el genio.
—No sé. ¿Por qué? –responde el alcahuete.
—Porque tiene una cola del otro mundo.
—¡Plop!
Quince años después el chiste aún funciona. Son tres lustros de riguroso cuidado del cuerpo, a los que hay que sumar la desbordada idolatría de un país, un matrimonio de hadas, una imagen de perfección sencillamente increíble, una marca sostenible, una empresa de belleza, un divorcio de novela negra y tres saludables críos: Mateo de 10, Salomé de 9 y Simón de 8 años.
“Siempre lo he dicho: es el estilo de vida que he llevado. Es que yo como muy bien, duermo bien, nunca me excedo, no hablo mal de la gente, no bebo, no fumo, no me trasnocho y hago ejercicio”, dice.
Siendo así –suponemos en DONJUAN– las adorables monjas de este podrido mundo occidental serían todas, una a una, y por los siglos de los siglos, soberanas mamacitas; entonces el reinado de la Belleza Universal tendría como sede ofi cial el convento de Nuestra Señora de la Consolación en Yucatán, México. “Bueno, también es un asunto de genética –aclara Paola–. Mi familia es muy saludable
y por ahí también hay cuerpos y caras muy bonitas”.
SUS MEDIDAS, tanto para arriba como para el frente, para los lados, para atrás y para abajo, siguen siendo las mismas de esa inocente jovenzuela que en 1992, descrestó al país de las reinas .
“COMO MUY BIEN, duermo bien, nunca me excedo, no hablo mal de la gente,
no bebo, no fumo, no me trasnocho y hago ejercicio”.
NUNCA FUE – y seguramente nunca será – una femme fatal. Sededicó a su familia, a ser mamá, esposa, amante fiel y a hacer comerciales en los que nos restregó su imagen de la colombiana ideal.
Seguramente por eso, por ese estilo de vida monacal que escogió, Paula Andrea nunca fue –y seguramente nunca será– una femme fatal. Lejos de eso, “la reina de reinas”, como le dicen en su medio lleno de reinas, se dedicó a la familia, a ser mamá, esposa, amante fiel y, como debe ser, a hacer comerciales en los que años
tras año nos restregó su imagen de la colombiana ideal. Seguramente, por eso también, se negó al modelaje, al de pasarela, al de los aviones de aquí para allá y al de los caprichosos diseñadores en veleidosas ciudades. “Después del reinado viví en Miami y en Milán donde trabajé como modelo, pero, pese a que todos estaban muy contentos con mi trabajo, para mí no funcionó porque me encontré
con un mundo un poco degenerado. Para escalar había que asistir a un montón de fiestas y salir con un montón de gente que a mí no me gustaba. En esas fiestas vi drogas, así como vi, en pleno trabajo, fotógrafos que se drogaban. Así que me retiré”.
Tampoco aceptó ni caló en el mundillo de nuestra televisión. Con muchos millones de pesos sobre la mesa, le ofrecieron el papel estelar del culebrón La viuda deblanco. Muchas gracias Paula. A cambio, prefirió su propia telenovela, con bucólica “locación” de ensueño, en un conjunto cerrado a las afueras de Medellín: La casada de blanco. Pregunta obligada:
—Un par de realities en la T.V., pero nada de diva. ¿Por qué no
actriz si es tan común?
—Esos programas me quedaban más fáciles de hacer que hacer
una novela de un año. Yo soy muy consagrada a mi familia.
—¿Nunca se sintió un símbolo sexual?
—No soy la más deseada. Nunca me creí ese cuento. Más que una femme fatal me gustó ser un buen ejemplo. Siempre quise ser un modelo de vida y no una modelo tipo diva. Gracias a eso, la gente se me acerca con mucho amor y nunca de una manera irrespetuosa o vulgar.
Por supuesto siempre hay uno que otro paisa que en la calle se atreve: “Paula: ¿ya se hizo la citología?”, le dicen, gracias a que fue la imagen de una campaña nacional que invitaba a la mujer a dejar a un lado la pena y hacerse la citología vaginal. Y rematan con:
“¿Mucha pena?”, que era la frase que ella decía en el comercial.
Los únicos lanzados que acepta son los compañeros de sus hijos que la tienen muy chequeada y que la llaman a la casa a hacerle el famoso mudo por teléfono.
Los hay quienes le suplican a sus mamás, como lo haría cualquier niño normal: “¡Porfa!, ¿me puedo quedar esta noche donde Mateo?”. Y Mateo, el hijo, se muere de la furia. Ella apenas se ríe.
Muy por el contrario, con cara de amazona, a los gallinazos les responde con indiferencia selvática: “como soy muy reservada, creo que pongo una barrera que nadie atraviesa”. Pregunta obligada:
—¿Alguna vez le tocó ser coqueta?
—No, sólo en la intimidad.
—¿Alguna vez la dijeron que no?
—Nunca.
—¿Qué hay que hacer para levantársela?
—Tacto, sensibilidad y paciencia. Luego que el tipo sea detallista, dulce, tierno, romántico, galán y amigo.
—Por fortuna el país está repleto de esos...
Paula andrea se acaba de divorciar.
Es la noticia más importante del corazón en este indolente país del Sagrado Corazón. El símbolo del amor eterno dejó de serlo. ¡Guaaauuuu!
La sociedad paisa sencillamente no lo puede creer y el país, menos. “Me ha dado duro por la idealización que siempre tuve del matrimonio y por todo lo que luché –dice Paula–. La verdad, durante años la separación estuvo ahí y me demoré mucho tiempo en tomar la decisión”.
Atrás queda la imagen de la colombiana perfecta. Gracias Paula. Ahora viene otra etapa que incluye a Fernán Martínez como su mánager. Así que se asoma la posibilidad de la vida soleada en Miami o el rutilante mundillo de la farándula latina en Los Ángeles. Pregunta obligada:
—¿No más Medellín?
—No más. Si no es Miami, me radico en Bogotá.
—¿Y su empresa de trajes de baño y bisutería?
—Eso seguirá andando y con gran éxito.
—¿Quiere ser millonaria?
—Sólo tener lo suficiente.
—¿Se va a volver a casar?
—Seguramente
—¿Más niños?
—Si se puede, sí, claro.
—¿Y la farándula en Miami?
—También.
—Muchas gracias Paula.
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