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FOTOGRAFÍAS JOANA TORO |
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EN LOS ÚLTIMOS MESES ABELARDO DE LA ESPRIELLA SE HA CONSOLIDADO COMO EL ABOGADO DE LA PARAPOLÍTICA, PERO ÉL DICE QUE ADEMÁS DE ELENEORA PINEDA Y ROCÍO ARIAS, ENTRE SUS CLIENTES ESTÁN RICARDO PAVA, NATALIA PARÍS, UN EX PRESIDENTE DEL ECUADOR Y QUE NO TENDRÍA NINGÚN PROBLEMA EN DEFENDER AL ‘‘MONO JOJOY’’. ESTA ES SU HISTORIA..
Abelardo de la espriella tenía la fórmula perfecta para escapar de clase, suspender exámenes y ser el personaje más divertido del colegio La Salle de Montería. Su mayor proeza, por la que lo recuerdan compañeros y profesores, era acumular en su boca varios centímetros cúbicos de babas y espuma y, en el momento menos pensado –cuando la clase pasaba por un momento de modorra–, fingía un ataque de epilepsia, se dejaba caer del pupitre como un poseso bíblico y se revolcaba en el piso. Todos sus compañeros gritaban como locos y la clase tenía que suspenderse, el joven De la Espriella repitió tantas veces la misma escena que cuando terminó el bachillerato el rector del colegio, Germán Jaramillo, le dijo: “Por fin se larga de aquí”.
Ahora, desde su tribuna de niño rico, profesional y exitoso, Abelardo de la Espriella ha tenido que soportar el ataque constante de colegas y periodistas que aseguran que desde su oficina de abogados Lawyers Enterprise,
en plena zona T de Bogotá, donde tiene tres pisos de oficinas a sólo unos pasos del restaurante Harry Sasson, o desde las cárceles de La Picota o El Buen Pastor, en las que están recluidos sus principales clientes, ha montado toda clase de intrigas para amargarle la vida al presidente Álvaro Uribe. De la Espriella se mortifica –o se ríe– con tantas acusaciones, y se defiende con una afirmación entre cínica y honesta: “en este país”, dice, “no puede haber una persona más uribista que yo”.
Sus contradictores aseguran que parte de su éxito radica en la cercanía que tiene con el fiscal general Mario Iguarán, a quien, según versiones callejeras, le habría regalado una cirugía estética. “No tengo por qué regalarle cirugías al señor fiscal. Lo conocí como profesor en la Universidad Externado de Colombia –donde hice mi especialización– y sólo he ido a su despacho un par de veces. Yo sí he regalado varias cirugías plásticas, pero ha sido a un par de amigas”.
Estos comentarios le han hecho doler la cabeza. Pero sin duda, el máximo dolor que ha enfrentado este abogado penalista fue el haber creado la Fundación Iniciativas por la Paz (Fipaz), una entidad que según sus enemigos se dedicaba a impulsar por todo el país la realización de un referendo para que el Estado reconociera el estatus político de todos los actores armados ilegales.
En una columna en la revista Semana, el periodista Daniel Coronell aseguró en agosto 2006, que “los foros de esta fundación se repitieron en varias ciudades con un mismo formato común: la aparición ‘sorpresiva’ del jefe paramilitar ‘Ernesto Báez’ en los auditorios universitarios”.
En el mismo escrito Coronell hace alusión a los costosos honorarios, más de 2.000 millones de pesos, que la oficina de De la Espriella, Lawyers Enterprise, cobró al Consorcio ASA que tuvo entre sus socios a las familias Nule y Char, por la asesoría en la licitación para el manejo operativo del aeropuerto Eldorado de Bogotá. “La cuantía es llamativa porque Lawyers Enterprise no está entre las firmas más reconocidas del ámbito jurídico”, concluyó Coronell.
El jurista –que siempre tiene en el pecho un pañuelo para mantener un aire de cachaco clásico o de casanova italiano, “esto las mata, primo”– vuelve a defenderse y asegura que tiene los conocimientos suficientes para adelantar cualquier proceso y asesorar a cuanta empresa
se tope en su camino. “No escojo a mis clientes, ellos me buscan. Yo no hago nada malo”, me dice. “Además”, continúa, “no tengo ningún tipo de preferencias, en caso de que el ‘Mono Jojoy’ tenga cómo pagarme, lo defiendo”.
La primera vez que entré en su oficina parecía una máquina que no paraba de trabajar. Pensé que todo era parte de una pequeña obra de teatro para impresionarme, pero me equivoqué; me di cuenta de que lo buscaban clientes viejos y nuevos para que les resolviera desde un problema marital hasta un complejo caso de “parapolítica”. “Tengo muchos clientes y eso es lo que no resisten mis adversarios que creen, o dicen que soy una especie de actor de ama la pantalla”, me dijo mientras se acomodaba un pañuelo gris en el bolsillo de un vestido Ermenegildo Zegna, que había comprado hacía poco con su novia en una calle de Milán. “Eran mis vacaciones, primo”.
De la Espriella se ha convertido en un abogado prestigioso a partir de la defensa de políticos regionales encartados en lo que hoy se llama “parapolítica”. “No quiero que me clasifique sólo en ese ámbito –me dijo–. También he defendido a grandes empresas y a todo tipo de personajes, entre ellos al ex presidente Lucio Gutiérrez, que denunció penalmente en Colombia al actual presidente Rafael Correa.
En su despacho –con música de fondo de la emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano– me doy cuenta de que es más excéntrico de lo que se dice. Tiene una cocinera privada que prepara platos árabes para clientes de ocasión. Desde su despacho, atiborrado de libros de derecho penal, da mil instrucciones por minuto. Su secretaria y sus socios, todos mayores que él, saltan como resortes cada vez que solicita un documento o cuando pide que lo comuniquen con un cliente X. Llama y recibe llamadas desde dos teléfonos celulares de última tecnología a los que parece que nunca se les acaba la batería. La puerta de su oficina se abre cada quince minutos por la llegada inesperada –por ejemplo– de un grupo de palmicultores de Urabá enredados en un proceso por desplazamiento forzado que había beneficiado a las Autodefensas. Mientras hablábamos también lo visitó un amigo que necesitaba ayuda después de haber sido objeto de un atentado en una calle de Santa Marta. Cuando volvía a concentrarse en la entrevista se arreglaba
primero su costoso reloj Graham y su correa Louis Vuitton. Parecía un yupie convertido en penalista que no resiste que se desacomode el cuello de su camisa.
Abelardo de la Esprilla nació en Bogotá el 31 de julio de 1978. Es un muchacho de familia acomodada que creció entre sábanas de seda importada y el ganado de una finca familiar. Su padre, Abelardo de la Espriella Juris, es un abogado y ex magistrado con buenas relaciones que quiso incursionar en la política regional de Córdoba pero que fue sacado del escenario público por paramilitares y políticos que defendían su territorio como perros rabiosos. Hoy es notario en Bogotá y desde allí se dedica a darle consejos a su hijo para que no se meta en demasiados problemas.
Descendiente de sirios y el segundo de tres hijos, De la Espriella veía el dinero por todo lado y no veía la hora de empezar a obtenerlo por sus propios medios. Montaba obras de teatro en Montería, organizaba conciertos y llegó a tener un exitoso programa radial. Pero había que crecer. En 1994 se instaló en Bogotá y se matriculó en la Universidad Sergio Arboleda. “Siempre fue un tipo despierto e inquieto que estaba al lado de los viejos aprendiendo sobre algún tema”, aseguró Jairo López Cobo, secretario del Interior de Córdoba. Además de ser un consagrado estudiante de derecho, se dedicaba a ser mánager y productor ejecutivo del reconocido cantautor vallenato Iván Villazón. Con él andaba de feria en feria y de universidad en universidad y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones canciones como El condolete. “Ya, por seguridad –dos palabras que va a repetir mil veces en la entrevista–, no puedo ir mucho a discotecas ni a conciertos, hace tres meses las Farc me enviaron un paquete bomba que tuvo que desactivar la policía”.
En 1998, antes de terminar sus estudios decidió arrendar una pequeña oficina en la calle 77 con carrera 16 en el norte de Bogotá. “Atendía procesos sobre inasistencia alimentaria y separaciones de parejas caídas en desgracia. Todo esto bajo la sombra de abogados que me ayudaban a llevar los casos”, dice hoy cuando ha alcanzado los máximos niveles de fama.
Cuando terminó sus estudios de pregrado y sus especializaciones
en Derecho Penal y Administrativo, De la Espriella comenzó a combinar sus actividades de litigante con el periodismo. Figuró durante un año como comentarista jurídico-político en RCN Radio donde todas las mañanas pontificaba sobre lo divino y lo humano.
Algunos de sus colegas atribuyen su prestigio a la estrategia de promocionar su nombre en la franja judicial de noticieros ávidos de información sobre parapolítica.
Otros que no lo aprecian tanto dicen que De la Espriella es un encantador de serpientes que se pavonea con clientes para hacerse publicidad. Lo dicen después de verlo a comienzos de este año, prácticamente en todos
los noticieros, con la famosa modelo paisa Natalia París, quien le pidió que fuera su defensor exclusivo cuando su nombre apareció en el libro ¿Las prepago?, del periodista Alfredo Serrano. Un polémico escrito a través del cual una celestina apodada Madame Rochi mencionó a varias mujeres del mundo de la farándula que habrían sostenido relaciones con narcotraficantes.
De la Espriella fue tan hábil que logró interponer la denuncia por injuria y calumnia contra el periodista y contra Rochi en el mismo despacho del Fiscal General, un privilegio que pocos juristas tienen. “Tratándose de Natalia París no creo que el fiscal se haya molestado por eso. De todas maneras hice que el libro fuera retirado del mercado”, me dice con una mirada de triunfo y más tarde me revela que después de ese evento la modelo se convirtió en su asesora de imagen.
Su primer cliente en la parapolítica fue muriel Benito Rebollo, una ex congresista sucreña, perteneciente al clan de los Rebollo Balseiro, que terminó en la cárcel luego de que se probara su relación non sancta con paramilitares de Sucre. De la Espriella logró que Rebollo se acogiera a sentencia anticipada y hoy ya prácticamente terminó su condena. Luego de Rebollo vinieron más clientes: las polémicas congresistas Eleonora Pineda y Rocío Arias, quienes sin duda le han ayudado con la publicidad de su bufete. “Las importantes son ellas y no él”, dijo un jurista que pidió reservar su nombre. Y después de ellas llegaron los casos de los congresistas Dieb Maloof, José de los Santos Negrete y Jorge Caballero a quien convenció de entregarse a la justicia después de huir al exterior. También ha defendido las causas del ex director del Instituto Nacional de Concesiones, Luis Carlos Ordosgoitia, del ex director de la Corporación Autónoma del Valle del Sinú, Jaime García, y de decenas de alcaldes, diputados y concejales marcados con el sello de la parapolítica.
La mayoría de sus clientes son los protagonistas del llamado Pacto de Ralito, aquella famosa reunión entre políticos de la Costa y jefes paramilitares efectuada en julio de 2001 en el corregimiento de Santa Fe de Ralito, Córdoba, a través de la cual las Auc pretendieron “refundar la patria”. Fue precisamente ese pacto el punto de inicio para que las autoridades investigaran a la clase política nacional. Hoy, más de 65 congresistas se encuentran señalados por sus estrechos vínculos con ese grupo ilegal. “No todo es parapolítica –subraya De la Espriella–. He representado a las actrices Isabela Santodomingo y Marilyn Patiño, y a diseñadores cotizados como Ricardo Pava”.
De la Espriella usa ropa de marca y carros blindados Mercedes- Benz, BMW, Honda y Hammer para transportarse en Bogotá, Córdoba y Barranquilla, “por seguridad, primo”. En el aeropuerto por lo general lo espera un grupo lo suficientemente grande como para proteger a un senador de la república amenazado, le gusta afirmar que su peluquero, José Luis Botero, es el mismo que atiende al presidente Uribe, cada veinte días detiene su caravana de autos en su peluquería y no sólo se corta el pelo sino que se arregla las uñas de pies y manos. En su casa, según su empleada de servicio, es tan obsesivo con la limpieza que puede combinar la lectura de una providencia de una alta Corte con la limpieza de una mesa o del citófono si los nota empolvados. El apartamento, de 220 metros cuadrados, está decorado al mejor estilo loft. Lo que más sobresale, además del tamaño de la cocina, es un amplio comedor que se siente vacío durante el día. En su sala resaltan siete máscaras que trajo de India y África y un viejo piano desafinado Hormelle-Sondon que, según él, toca de vez en cuando, pero no creo que tenga la habilidad de producir ni una sola nota.
En una esquina hay una habitación convertida en gimnasio donde dice que todas las mañanas levanta algunos kilos mientras ve un video en un moderno televisor que está pegado a una antena satelital. Y para demostrar su habilidad y su estado físico se puso los guantes y empezó a pegarle a un saco de boxeo instalado en la mitad del cuarto. Le daba tan duro que no se sabía si improvisaba los golpes o si veía en el saco a uno de sus adversarios.
En el segundo piso del apartamento la cosa es a otro precio. Ya no se ve la rudeza del gimnasio ni la melancolía de su piano. Descubro un estudio donde sobresalen libros de derecho, películas y videos en DVD, revistas sobre farándula y política y un póster de la película El Padrino de 1972. Allí está el legendario Vito Corleone, padre de uno de los grupos mafiosos más famosos del mundo. Y De la Espriella me dice que es su película preferida: “allí”, afirma “están todos los tópicos del poder”.
Hacia el fondo se divisa un solo cuarto como si no necesitara
aún constituir una familia. En su vestier hay una colección de suéteres perfectamente alineados por color; 30 pares de zapatos, 65 camisas, 30 vestidos y 20 lociones. Su novia, que lo acompañó unos minutos durante la sesión de fotos, fue la encargada de maquillarlo: él mismo le pidió que le pusiera algo de base para que su cara no quedara brillante.
Ya me iba cuando De la Espriella atendió una llamada. Era uno de sus clientes recluidos en la cárcel La Picota que requería su presencia en el lugar. Preparó a sus escoltas para salir hacia el sur de la capital, y lo acompañé para verlo una vez más en acción.
Treinta y cinco minutos después entramos al penal. Allí lo esperaban dos detenidos: un demacrado ex senador Mario Uribe y Luis Carlos Ordosgoitia. De la Espriella habló por separado con cada uno durante veinte minutos. De regreso le pregunté por los parapolíticos y me dijo: “Compadre, es muy berraco para esos tipos estar en una cárcel”. Ya lo noté – le respondí–.
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