FRESITA LA REINA DE LA PISCINA  
POR HECTOR CAÑON
 
FOTOGRAFÍA HERNÁN PUENTES
 

FRESITA ES LA ESTRELLA TOTAL DE LA PISCINA, EL BURDEL MÁS FAMOSO DE BOGOTÁ Y ESCENARIO OCASIONAL DEL FILMES COMO SOÑAR NO CUESTA NADA. SU VIDA NO TIENE EL TINTE TRÁGICO DE LAS PROSTITUTAS. COMPRA ROPA EN LOS MEJORES ALMACENES DEL NORTE. TIENE CARRO Y APARTAMENTO, Y GANA MÁS QUE UN EJECUTIVO PROMEDIO, PERO TODAVIA NO TIENE NOVIO.

LOS MACHOS AÚLLAN CUANDO ARRANCA SU CUARTO DE HORA. FRESITA. PELO ROJO, PECAS POR TODO EL CUERPO Y MIRADA PÍCARA. Quisieran detener el reloj. Tic-tac. Ella los siente y se desdobla. Brasier y cucos volando, rumor de sexo en el aire y un ritmo endemoniado.
Mi primer show fue desastroso, me quería morir, no sé cómo no me oriné, las piernas me temblaban, sudaba y la gente se burlaba porque me veía los nervios. Para quitarme las tangas y el sostén fue una lidia.

Paola Restrepo le tiene miedo a las piscinas y –al mismo tiempo– Fresita, su álter ego, es la estrella del barrio Santa Fe. La paradoja, sin duda, es uno de sus reinos. A sus 24 años se ha desnudado ante más hombres que su abuelita, su mamá, sus tías y sus primas juntas. No le da pena ver publicado que es prostituta, pero escribe vergüenza con diéresis.

Sólo me había empelotado con un hombre, y eso que con la luz apagada y una sábana encima… Fui aprendiendo a bailar con las caídas y los moretones en las piernas. Hay que pararse, levantarse de la burla.

El burdel y su apartamento en el barrio San Fasón, en la calle 19 con carrera 20, son sus otros reinos. No puedo evitar, al verla en cualquiera de los dos –bailando feliz, a la medianoche del viernes, ante la mirada hambrienta de 200 hombres o en pijama rosada, un domingo lluvioso, acariciando a su mascota, en medio de un zoológico de peluches–, pensar en la diferencia entre una mujer que está buena y en otra que es buena.

Cuando la gente se emociona, empiezan a aplaudir y a gritar mi nombre, y yo empiezo a sentirme bien. En las despedidas de soltero, les echo espuma o les pongo el arnés y se empiezan a burlar de las maldades que hago. Es muy divertido.

Ser y estar. La chica conjuga ambos verbos. En su trabajo está buena y en su casa lo es. Qué le vamos a hacer. A Paola lo que es de Paola y a Fresita también. Son la cara y el sello de una misma moneda. Ella la tiene clara. A su mamá no le va a hacer striptease y a los clientes no los va a apapachar. Sabe que es una Doctora Jekyll, también una Miss Hyde y la frontera exacta entre uno y otro personaje.

Todo el mundo tiene una doble moral; todo lo compra el dinero. La mamá que le paga a su hija el mejor colegio y el mejor club para que se case con un man que tenga muchísima plata, ¿no la está vendiendo? –dice convencida–. La niña que se va de fiesta y ¡ay! no, es que ella tomó muchísimo, se enloqueció y se lo dio a Raimundo y todo el mundo, o la mujer que se le come los amigos al marido. ¿Ellas no son peor que uno? Siempre he dicho que los manes prefieren una señora bien puta que una puta bien señora.

Los que trajeron el dinero justo se apretujan contra los muros del salón rojo, miran al puente donde las chicas se van a desnudar y se aferran a su botella de cerveza porque, en la mayoría de los casos, es la última, e incluso la única de la noche. En la zona VIP se tiene la ventaja de interactuar con las bailarinas.

A pesar de su católico nombre, el barrio Santa Fe nunca ha tenido parroquia propia, cuenta Ignacio Rueda. Sus calles fueron las primeras en escapar de la ciudad colonial, y tras el asesinato de Gaitán se volvieron territorio de proxenetas. Al iniciar la década de los cincuenta, la zona, literalmente, se puteó. Por ser vecina de la estación del Nordeste, que siempre ha gozado de mala reputación, y estar retirada del centro de la ciudad se convirtió en el plan de fuga ideal para los ejecutivos de la época.

La mona, la negra y la mestiza. Por La Piscina, un consorcio con razón social a nombre de Gerardo Solanilla, se mueven cincuenta chicas, con las que se podría armar un mapa de Colombia en el que aparecerían, entre otros lugares, La Hormiga, Dibuya y Filandia. Pantaloncitos cortos, bocas chupando bombombum rojo, tetas de silicona al aire, traseros afincados en el borde de las mesas de un lugar que tiene 36 cámaras de seguridad y cada viernes recibe alrededor de 30 millones de pesos.

Medio siglo después de volverse bohemio, el barrio se convertiría en la primera zona de tolerancia de Bogotá, a través del Decreto 400 de mayo 9 de 2001. Hoy, según cifras oficiales, 500 mujeres venden su cuerpo adentro y afuera de 56 establecimientos del sector de alto impacto –declarado así por el alcalde Mockus–, que va de la carrera 19 a la avenida Caracas y de la calle 24 a la 19. Pero podrían ser más mujeres. Dos décadas atrás un censo de la Cámara de Comercio contabilizó 1.130 personas –que correspondían al 8 por ciento del total de prostitutas de la ciudad– ejerciendo la prostitución en las calles y 69 establecimientos, mientras que el alcalde menor declaró al periódico El Siglo que la cifra era de 20 mil. El puente que atraviesa la piscina se llena de humo. Primero sale Barbie, vestida de vaquera. Pantalón de cuero, sombrero negro con una cinta roja, botas rosadas. Detrás aparece Fresita, también de cowgirl. “Ella es una niña muy educada, aquí viene es a trabajar y no presenta problemas con nadie… De pronto algunas compañeras le tienen celos profesionales, pero no para todo el mundo brilla igual el sol”, dice Avelino Chivatá, su jefe, quien recuerda que la suspendió un viernes, porque le hizo una rabieta para escapar de un show con un cliente indeseado.

“¿Celos de qué? No, parce, aquí cada una tiene lo suyo”, dice una colega.
El Santa Fe siempre ha sido visitado por personajes ilustres. El ex presidente Guillermo León Valencia fue fotografiado durante su mandato saliendo de uno de los cabarets de la zona. El Príncipe y Donde Lola eran los burdeles más famosos de la época. Hoy en día, La Piscina es visitado por personajes que ‘las niñas’ ya han visto en la tele, a pesar de que, en los primeros nueve meses de 2008, se robaron 117 carros y hubo 66 homicidios y 92 hurtos a establecimientos en la localidad.

Paola vive con su mamá y dos hermanos en un dúplex de ciento y pico de metros. Séptimo piso con vista a los cerros. Adentro, las porcelanas viajan entre continentes. Una diosa egipcia, un zapatero italiano, una bailarina de cumbia. La mesa de centro es una suerte de Venus de Milo, que sostiene el vidrio. No hay una partícula de polvo entre los muebles ni una mancha de mugre en el piso. Varios televisores plasma, un computador equipado para cualquier batalla tecnológica y un equipo de sonido último modelo rompen con el ambiente estrato tres.

“La prostitución no es la profesión más antigua del mundo. Apareció en civilizaciones ciertamente evolucionadas, pero no hay rastro de ella en poblaciones anteriores, como no lo hay actualmente en grupos étnicos que conservan formas de vida primitivas. Aparece cuando aparecen el rey y el sacerdote, y con ellos sus sirvientes”, asegura Ramón Hervas, en Historia de la prostitución.

“Ella es una niña muy de su casa, que no me da problemas”, dice la mamá, ama de casa de 54 años, con un gesto en el que se mezclan los golpes de la vida y la humildad. No tiene una gota de maquillaje y su camiseta desentona con los diez millones de pesos que gana su hija al mes, y que ella administra. Luego recuerda que cuando la veía salir muy seguido, aunque llegaba temprano, había despertado sus sospechas. “Cuando me contó, me dijo que tenía que aceptarla o se iba de la casa”.

En 1469, Enrique IV ordenó cien latigazos para las prostitutas españolas sorprendidas con las manos en la masa. Si reincidían, la solución era la horca. Francia, bajo el reglamento de Letellier, pasó de un centro de rehabilitación, en 1665, al encierro y los trabajos forzados, en Salpêtriere, casi 20 años después. Colombia cambió el abolicionismo de mitad del siglo pasado por la reglamentación actual. Hoy aún hay países que la castigan con cárcel e incluso con pena de muerte.

“Para mí como madre es terrible el trabajo de ella. Confiando en Dios y la Virgen santísima, cuando reunamos una platica se sale, y si me gano la lotería que no vuelva más por allá”. Una empresa de distribución de artículos militares, en la que le están invirtiendo una tajada de sus ingresos, parece una salida más realista. Paola tiene pocos recuerdos de su padre, que murió cuando ella tenía 12 años. “Me traía muchas Barbies, pero a mí no me gustaban porque me crié entre niños y quería jugar como ellos, a los puños, al Nintendo, a tirarnos en la patineta por lomas, y pegarnos porrazos”.

Más allá de leyes y castigos, putas hay por todo el mundo. Bogotá nunca ha sido la excepción. En 1948, por los días en el que el acuerdo 95 del Concejo prohibió la prostitución, 4.262 “mujeres públicas” estaban inscritas en el hospital La Samaritana. En 1966, la Policía estimaba el número en 10 mil y dos décadas después –tras alcanzar un pico de 52.967 a mediados de los setenta– eran casi 34 mil.

Paola nació en Popayán el 7 de febrero de 1985, pero a los pocos días estaba en Pereira. Allí pasó su infancia. En la adolescencia tuvo que regresar un año a la casa de una tía como castigo por haber perdido décimo grado. Piendamó y Dosquebradas, donde su mamá tenía restaurantes de carretera, son otras estaciones de su viaje. Su familia es una de las tantas que ha llegado a Bogotá en busca de mejor fortuna y, a pesar de llevar varios años en la ciudad, aún conserva el acento paisa, la pasión por las frijoladas y el frío calando entre los huesos.

Desde principios del siglo pasado, mujeres de todo el país se han prostituido en la capital. En 1923, en sus calles había 3.131 trabajadoras sexuales. Por esos días, el Dispensario de Cundinamarca publicó que apenas una de cada cuatro había nacido en la ciudad. Siete décadas después, la proporción seguía casi igual, según un estudio de la Cámara de Comercio.

Abajo, en el primer piso del apartamento, sobre la cama que comparte con su mamá desde que entró al burdel, duerme su colección de peluches. Están el Chavo del Ocho y sus cuates. Winnie Poh y Archibaldo y toda la tribu de Plaza Sésamo. Su consentido es un tigre, vestido como cebra, de tamaño natural. Lo acompañan elefantes, jirafas y osos.

Wanda, una perra bulldog de millón y pico de pesos, tiene derecho a sus cobijas. Se la regaló a su hermano menor la última vez que cumplió años. Un cristo de madera y un rosario de chaquiras vigilan los sueños de las dos mujeres, los peluches y la mascota.
–¿Y Paola si saca a la perra? –pregunto.
–No, muy poco –se queja la mamá.
– ¿Cómo que no? Está mañana le di una vuelta en el carro (un Chevrolet Corsa) –y le habla a Wanda como si fuera su bebé.

Aquí y ahora, su oficio es un secreto a voces que enrarece el ambiente. Una sensación contagiosa, a la que podríamos llamar vergüenza ajena, impide que la entrevista fluya. Es inevitable pensar que se está invadiendo territorio íntimo.

Cuando llegó al prostíbulo, el 18 de marzo de 2005, su talla de brasier era 34 y cobraba 40 mil pesos por show. Después de una cirugía que le costó casi 4 millones –“pura goma”– y cientos de noches de bailarina empírica, es 36B y su tarifa mínima se duplicó.

“Hoy es la diva de La Piscina”, dice Johny Calderón, dj que inauguró el burdel, el 31 de mayo de 2001, con Bombastick de Shaggy.

Los disfraces le vienen bien. Hace tres años, en el día de la madre, se consagró vestida de muñeca sobre el puente en el que se desdobla. La fama subió como fiebre y espantó a sus amigos: Johny y Barbie y no le quedó otra opción que aterrizar pidiendo perdón. Paola, en su vida diaria, prefiere marcas como Zara, Girbaud y Diesel. “Compro ropa cada vez que me antojo”, dice y casi se arrepiente, a mitad de camino, de confesar que las facturas pueden llegar a tener seis ceros a la derecha.

Cuando ataca la culpa –en caso de que la alergia, la taquicardia o la gripe no la tumben varios días– los lugares comunes son su refugio. Su mamá y Barbie corren a cuidarla y su jefe la llama para saber si le pasó algo grave. Jugar PlayStation con sus hermanos es una puerta de salida. Hamburguesa en El Corral y sushi en Teriyaki atenúan la depresión que, cuando llega muy fuerte, sólo le deja la opción de esperar a que “se vaya solita”.

La violencia de Kill Bill, Ciudad de Dios y Sin City también la distrae. A la hora de rumbear, a diferencia de muchas chicas de su edad, lo que menos quiere es levantar. “Qué mamera, uno no le para bolas a nadie. En el trabajo todo el tiempo estoy con manes, cuando salgo quiero estar sola”.
Paola, en cuestión de hombres, se las sabe casi todas. “Ya me conozco la enredadera y sé cómo zafarlos”.
–Tú eres muy linda –le dicen en Cinema.
–Eres el primero que me lo dice –responde.
–¿Bailamos esta? –preguntan en Sayaka.
–Mejor la que pasó.
–¿Cómo te llamas? –intentan en Penthouse.
–Anacleta Mastodonte.

En el burdel también tiene precauciones. Les huye a los psicólogos porque la analizan, a los políticos porque tienen risa de malos y a los actores por vanidosos. “Van a lucirse, ay, mírame, soy de la televisión. A mí me vale “güevo”, yo lo que necesito es mi plata y mejores se me han caído de la cama”.

A pesar de que conoce los trucos que usan algunos clientes para enamorar, hace poco uno la flechó. “La Fresa hace buenos shows. Usted queda con la boca abierta, tiene movimientos sincronizados y a la vez muy sensuales”, dice el hombre con quien tuvo un romance, al estilo amiguitos con derechos, que terminó, al igual que el anterior, por los celos generados en su oficio. “Fue un “raye” feo, feo”, recuerda ella.

Tal vez por eso no cree en el amor. Odia las flores –las que le regalan los clientes se las lleva a su mamá–, las serenatas y las cartas románticas. Si la quieren conquistar, un Lamborghini es el presente ideal, bromea.

El show arranca con el tango electrónico de Bajo Fondo. Cada vaquera se adueña de un extremo del puente, y como en los duelos del lejano Oeste, la concurrencia aguarda el desenlace. Y un beso apasionado, que el par de amigas finge a la perfección, remplaza a los balazos. El único vencedor es el público.

Barbie y Fresita se despiden por un rato y se reparten el lugar en mitades exactas. Se agachan para destacar senos y traseros, le montan una pierna en el hombro a algún cliente y restriegan su sexo contra las barras que rodean la piscina. Luego regresan al puente y de un brinco quedan con las piernas abiertas.

La diferencia entre hoy y los primeros días de zona roja del barrio está en el bolsillo de los visitantes. A políticos, empresarios y artistas, que ahora usan los salones privados para reservar su identidad, se sumaron, desde hace más de 30 años, seres anónimos de todos los estratos. A finales de los sesenta, un decreto volvió al Santa Fe zona comercial y el secreto se volvió público.

Johny suelta a Prince. Don’t have to be rich to be my girl. “Cuando empezó lloraba todos los días, decía que esta vida era muy hijuepucha… El papá había fallecido, los hermanos estudiaban, la mamá estaba enferma… Ya tiene su apartamento, su carro, su empresa, le ha sacado jugo a esto”, dice antes de recordar que él fue quien la bautizó Fresita, el día que, con los Cantos Gregorianos como fondo, se lanzó al ruedo para su primer show.

El alcalde menor Luis Ernesto Rincón, asegura que el hecho de que la zona sea de alto impacto facilita el trabajo mancomunado contra la delincuencia. Además, garantiza que, en un par de años, las manzanas dedicadas a la prostitución se reducirán de 20 a 12.

Los sombreros vuelan y empiezan las caricias. Top less y otra vueltita al lugar. Regresan al puente y se quitan el pantalón la una a la otra. Los cucos de Fresita son rosados y tienen una tira de flecos blancos tapando el pubis. Barbie prefiere el negro. Otro besito y un pellizco en los pezones. Paola encarama una pierna en la baranda, mete sus dedos en la boca y baja su mano a la vagina. Después, saca las bolas chinas que durante el resto del show estuvieron adentro. La ovación no puede ser más estruendosa.

“Este negocio está en una zona delicada en cuestión de seguridad, usted sabe que donde hay negocios de estos proliferan los ladrones, porque se aprovechan del borrachito, que no es consciente de usar el servicio de taxis de la empresa”, comenta Chivatá.

Johny vuelve al micrófono. Los de seguridad les entregan a las chicas batas de seda marcadas con nombre propio. Su cuarto de hora ha terminado y regresan a los camerinos como lo que en realidad son, un par de amigas dispuestas a casi todo para mantener la clientela que un fin de semana puede dejarles tres millones de pesos.

“Acá corremos muchos riesgos, pero pienso que debes ser el mejor en lo que haces. Modestia aparte, somos las mejores, hay gente de todas partes que viene exclusivamente a buscarnos”, asegura Barbie, su parcera de mil stripteases.

Adentro, en los camerinos, las chicas chocan sus manos. Saben muy bien que se lucieron. Afuera, en su reino de todas las noches, los clientes viejos las esperan con ansiedad y los nuevos, que nunca faltan, empiezan a preguntarles a los meseros, de pantalón negro, camisa blanca y corbatín, dónde están y cuánto pueden cobrar por una sesión privada. Ellas tienen la última palabra.


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