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FOTOGRAFÍAS RAÚL HIGUERA |
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¿De qué hablamos cuando hablamos de ‘‘la mujer de los sueños’’?, ¿de un pajazo mental o hablamos de algo más? El bobalicón de Ross, protagonista de la serie Friends, no piensa en una Rachel –la espectacular Jennifer Aniston– mojada por la lluvia y con un vestido de novia recogido arriba de la cintura igual que una tusa de mazorca.
No. El paleontólogo de la serie piensa en la princesa Leia en bikini. Un bikini –eso sí: hay que reconocerle algo– de trama metálica y un furioso color dorado. La imaginación –o la falta de imaginación– sufre desprestigios similares cuando recordamos sujetos como el jefe de casa en el sitcom The Nanny, un aristócrata elegantón que, hasta donde soporté la serie, nunca le hace la vuelta a una Fran (Francine Joy Drescher, ¡con qué nombre vas por el mundo, mi jugosa Nanny!) que más o menos se lo ofrece a diario. Y eso para no entrar en el insufrible Fraiser, locutorcillo de radio que para pedirlo necesita de mil candelabros encendidos. Pero si las estrellas del pop televisivo empobrecen nuestra capacidad de soñar el género opuesto, las estrellas del punk, en cambio, la enaltecen. En España, una década antes del éxito de estas series, las cloacas mentales masculinas alucinaban ya con imágenes salvajes y multicolores de mujeres como Alaska, voz líder de Kaka de Luxe y Fangoria y protagonista de una de las primeras películas comerciales y escandalosas de Almodóvar: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980).
La mujer de los sueños aparece en un gesto de los gruesos labios enfadados de Brigitte Bardot en El desprecio (1963), una boca que no parece poder cerrarse nunca, como clamando por actividad perpetua. O en la salida del mar de Bo Derek (en vestido de baño enterizo color piel) que hombres y mujeres aún le agradecen al director Blake Edwards y su película 10 (1979); fue la salida del agua que re fundó todas las salidas del agua. O aquel cruzar de piernas esbeltas registrado desde una cámara enfadadamente fija y exacta, ese ir y venir prolongado de una sombra húmeda que hiciera de Sharon Stone el más sexual de los íconos sexuales de la década pasada. O Nicole Kidman en Eyes Wide Shut (1999) pegando un bareto en la intimidad de su cuarto y en ropa interior, impasible, mesurada, cuidadosa. Alucinante. Claudia Bahamón es la mujer de los sueños de DONJUAN y fue la musa para que varias personalidades soñaran con la suya.
Karl Troller
La típica mujer que me desvela es una que moje prensa a la lata, que salga en las revistas del corazón por sus tórridos romances con guardaespaldas, bailarines o millonarios venidos a menos; que no cape sección de chismes por sus intoxicaciones etílicas, por su mostradita de calzones, por un pezón al aire o su ingreso en una clínica de rehabilitación; que sea arrestada por conducir borracha o por robarse unos zapatos en un almacén, y que, ojalá, si no es mucho pedir, haya sido víctima de la publicación en Internet de un video erótico. Las mujeres quitasueño que me acompañan en mis horas de desvelo buscándolas en la red son Lindsay Lohan, Britney Spears, Winona Ryder, Kate Moss y Paris Hilton. Y, claro, muchas otras que vienen por buen camino.
Camilo Durán
La mujer de mis sueños es la unión de muchas mujeres.
Lucas Soler
La mujer de mis sueños sabe gramática y ortografía. No confunde a Marcel Proust con una marca de perfume. Puede disfrutar de Henry James y del Museo del Prado como de Tarantino y Bowie. Tiene una risa inteligente. Le gusta el sexo sin fronteras.
Sergio Fajardo
Cuando tenía 14 años vi la película Bella de día, de Luis Buñuel, la actriz principal era Catherine Deneuve, desde ese entonces, hace muchos años ya, esa mujer se convirtió en la mujer de mis sueños inalcanzables. No sé si será la mujer ideal, pero no importa, es una mujer de ensueño.
Hector Rincón
Anoche soñé con la mujer de mis sueños. Una mujer clara que olía al jazmín de la noche y a lo que huelen los fogones de leña cuando irrumpe la aurora. Una mujer de carcajada amplia y de palabra enérgica; de pisada firme y de carnes más firmes aún debajo de su piel perfecta y cálida y sensual. Soñé con una mujer cómplice y solidaria con la que soy capaz de hacer autostop hasta Casiopea, con la que he sido capaz de inventarme esta vida y sería capaz de inventarme otra vida. Y cuando me desperté, Ana María estaba ahí.
Fernando Quiroz
La mujer de mis sueños es la que me ama al despertar, cuando soy todo lo que no puedo fingir que no soy.
La que tiene clara la letra menuda de un contrato que no hace falta firmar: que nuestro tiempo es suyo, que nuestro tiempo es mío, y que lo compartimos única y exclusivamente porque nos da la gana.
La que es capaz de armar una maleta ligera en pocas horas y partir a mi lado en busca de otros mundos en donde nadie nos asegura más que lo que llevamos con nosotros: incluso –y sobre todo– las ganas de felicidad.
La que se permite placeres en desuso como el de contemplar la luna que todavía no está llena, convencida de que mañana lo estará.
Conozco a la mujer de mis sueños: me ha dicho que mañana quiere amanecer de nuevo a mi lado.
Enrique Santos Calderón
Soñaría con una combinación utópica de los rostros de Dominique Sanda, Kim Bassinger y Sharon Stone, con el cuerpo de Jane Fonda (segunda etapa), la cultura de Simonne de Beauvoir,voz de Chavela o la Piaff, la elegancia de Lady Di, la fortuna de Ophra, irreverencia de Isabella, los ojos de Gina, el acentico paisa de Natalia...,¿para qué soñar?
Claudia Bahamón
Una pregunta única rondaba en el aire del set: ¿hace cuánto fue que Claudia tuvo el bebé?
La sorpresa resulta explicable, porque el tormento de recuperar la forma luego del embarazo es el tormento de millones de mujeres. Pero para eso, para alimentar sorpresas, que hablen las fotos.
Del método puntual de recuperación, en cambio, habla la misma Bahamón. Fue el regalo de Navidad de su marido, el director de cine Simón Brand. “¿Que qué quiero, amor…? Un tratamiento de belleza que estuve averiguando y vale un huevo de plata”. Concedido.
En los rostros de todos, la pregunta reincide: pero ¿hace cuánto fue que dio a luz?
La Bahamón –antes de responder– revive los puntos de quiebre de su carrera en la televisión: terminaba sus estudios de arquitectura, pero no se inclinaba por la construcción. Lo hacía, en cambio, por la escenografía. Entonces contacta a Felipe Sanín, diseñador responsable de esta materia en el canal RCN. Trabaja junto a él durante algunos reinados de belleza hasta que, en el 2001, durante el evento, Gabriel Reyes le sugiere otro camino. En enero la llaman del canal y cuando acude lo que descubre es una celada: querían que hiciera un casting. “Creo que fue el peor casting que he hecho en toda mi vida; nunca me había imaginado a mí misma en la televisión”. Cuenta que se equivocó todo el tiempo, una premonición diciente de lo que sería su día a día en el noticiero: “Siempre me he equivocado”.
¿Y si el casting fue tan malo y si solía intercambiar el orden de las palabras, por qué la escogen y por qué se mantiene? Su teoría es tan sólida como la franqueza con que se reconoce a sí misma: “supongo que estaban en busca de una cierta frescura que yo les proporcioné”. Me habla luego de la maduración para adueñarse de los tiempos del set, del telepronter y de los contenidos periodísticos alrededor del entretenimiento. Le pregunto por otras dificultades propias de su trabajo, pensando, justamente, en la materialidad de esos escenarios de luz e inmediatez. No lo piensa un segundo. El mayor problema fue, dice, el manejo de la fama. “Siempre viví una vida muy tranquila, pero cuando aparece el reconocimiento…”. Alguien la interrumpe haciendo una acotación. Yo me distraigo.
Dos minutos después timbra su celular. Debe ser la llamada número veinte en una mañana de dos horas. Es Jotamario. Quiere concretarla como invitada en su programa mañanero del día siguiente. Antes de eso le pregunta por el niño. Debe ser la persona número cincuenta que ese día le pregunta por el niño. Claudia se reacomoda en la silla, porque parece no poder quedarse quieta, porque parece incomodarle todo el entrapaje del maquilláse, porque quizá está cansada de hablar del niño. En todo caso, cuando parece ponerse cómoda, responde: “El niño divino, aunque parecido a vos; tiene una calva violenta”.
La gente en el set corre y sólo entonces, en clave, la Bahamón responde a la pregunta general: “tres semanas de pucheca y dos meses en el tratamiento”. Y apenas regrese a Los Ángeles, piensa hacer uso de los otros dos meses más por los que pagó el talentoso director de Paraíso Travel. Endermology es esencialmente un método de eliminación de grasas. “Te embuten dentro de una trusa blanca, te meten en un aparato a base de rodillos y chupas y duermes hasta que te levantan y te clavan siete vasos de agua… Pipy day”, recuerda la presentadora opita, reacomodándose en la silla del maquillaje entre el estruendo de secadores. Luego cruza las piernas y responde a otra pregunta que un tercero le hace: “¿Tener niño…? Bieeennn... Si yo hubiera sabido que era tan bacano lo hubiera tenido a los trece. Claro que quién sabe qué güevón de papá le hubiera tocado”.
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